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Episodio 3

Estar alerta a la señales

Es fundamental que, así como observamos aquellas acciones y experiencias que nos hacen bien, estemos muy atentos a las señales de lo que no anda tan bien en estos tiempos difíciles.

16 febrero del 2021  •  Lectura de 5 min.
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Esta pandemia representa uno de los desafíos sociales, económicos y médicos más grandes del siglo 21. Según cifras de la Organización Mundial de Salud (OMS), más 85 millones de personas se han contagiado, de las cuales casi 2 millones fallecieron. Para todos los demás, la pandemia ha creado factores tóxicos de estrés (riesgo físico, incertidumbre, aislamiento, severas pérdidas económicas) que son reconocidos por el impacto negativo que tienen en nuestra salud mental, y juntos, pueden tener efectos profundos y duraderos.

Existen, al menos, tres maneras en que esta pandemia afecta nuestra salud mental. Primero, su extensión en el tiempo y el espacio, sin un final conocido (aunque ilusoriamente suavizado por la aparición de las vacunas). Esto provoca inseguridad o pérdida de los recursos de los que disponemos para atender nuestras necesidades inmediatas (comida, artículos de limpieza), e incertidumbre sobre nuestras necesidades futuras (asociada al desempleo).

Segundo, la pandemia es un estresor multidimensional, puesto que nos afecta individual, familiar, educacional, laboral y sanitariamente, con tremendas consecuencias para la sociedad en general, al exacerbar las divisiones políticas, así como las inequidades culturales y económicas. La reducción de interacciones sociales es un factor de riesgo notable, y los efectos de la soledad en nuestra salud emocional y física han sido documentados. Muchas personas se enfrentan a enfermedades graves y, por lo tanto, a una separación prolongada -o incluso a la muerte- de sus seres queridos, lo que se complica más por las alteraciones en los modos típicos de duelo (como los funerales) y  las preocupaciones por la propia salud y la de la familia.

Los trastornos durante el Covid-19 también incluyen confusión y conflicto de roles: muchas madres y padres se desempeñan como profesores, cuidadores, al mismo tiempo que mantienen sus responsabilidades laborales. Estos cambios de roles aumentan el estrés y la fatiga de los padres que, a su vez, resultan en una menor satisfacción con su maternidad/paternidad, sentido de ser buenos padres, y menor tolerancia a la angustia. Las pautas estrictas de quedarse en casa también implican riesgo de exposición sostenida a estresores domésticos como los conflictos de pareja, tensiones entre padres e hijos, conductas adictivas, desempleo e inestabilidad económica, y falta de apoyo, muchos de los cuales son factores de riesgo conocidos de abuso infantil y de la aparición de enfermedades mentales.

Finalmente, las acciones sanitarias orientadas a proteger a la población, irónicamente, limitan seriamente la posibilidad de acceder a las distracciones y encuentros que podrían aliviar el estrés producido por los otros dos grandes factores descritos.

Es esperable entonces, que empecemos a sentir cansancio, irritabilidad, alteraciones repentinas en nuestro estado de ánimo (que nos afecten mucho cosas pequeñas), ansiedad, o problemas para dormir. Es fundamental que, así como observamos aquellas acciones y experiencias que nos hacen bien, estemos muy atentos a las señales de lo que no anda tan bien en estos tiempos difíciles.

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