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Episodio 8

Mejor ocuparnos que preocuparnos

Podemos aceptar la incertidumbre y aprender a tolerar que hay espacios de nuestra propia vida sobre los cuales no tenemos control.

16 febrero del 2021  •  Lectura de 5 min.
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Desde que llegamos al mundo, las certezas nos dan calma; saber qué va a pasar y cuándo –que los días sean más o menos predecibles– nos genera seguridad y confianza. Esto viene escrito en nuestros genes; nuestra supervivencia ha dependido de construir espacios de estabilidad. Somos los herederos de aquellos que se aferraron a la seguridad y aprendieron a anticiparse a las amenazas y oportunidades para subsistir. 

Los bebes y los niños aman la rutina; les divierte ver la misma película una y otra vez, o leer cien veces el mismo cuento; para ellos hay algo profundamente atractivo en conocer lo que viene en la siguiente página, y algo de eso permanece cuando crecemos. De hecho, como humanidad invertimos mucho en sistemas y herramientas para anticiparnos a lo que va a pasar; nos fascina poder predecir el clima, el tránsito o la economía. La ciencia y la tecnología se dedican en una gran medida a predecir y controlar los más variados fenómenos.

Los seres humanos también deseamos la novedad, la aventura y lo inesperado. ¡Es verdad! pero siempre y cuando sea en pequeñas dosis. Si somos realistas, la mayor parte del tiempo queremos certezas. Vivir en permanente aventura puede sonar emocionante pero realmente implica un gasto energético y un esfuerzo psicológico que es difícil de sostener. Lo paradójico es que, en realidad, las certezas son una ilusión; siempre existe la posibilidad de que las cosas cambien de un momento a otro.

La pandemia nos ha hecho enfrentarnos a esta incertidumbre; amenazó cosas que dábamos por sentadas como nuestra salud, la vida de quienes más queremos, nuestra fuente de ingresos, la posibilidad de salir a caminar cuando queremos, de ir a la escuela, al trabajo, nuestra situación económica, etc. Esta sensación de incertidumbre nos hace querer controlar, pero sin mucho éxito: las cosas cambian demasiado rápido y no tenemos poder sobre ello. Entonces este esfuerzo muchas veces se traduce en noches de desvelo, ansiedad y preocupación. El futuro nos produce angustia. Vivir en la incertidumbre puede causar estragos en nuestra salud mental, pero no tiene por qué se así. ¿Cuál es la clave? Pasar de la preocupación a la ocupación.

Conviene preguntarnos, ¿qué de esto realmente depende de mí? ¿Cuánto de esta situación puedo efectivamente controlar? Respondiendo estas preguntas nos encaminaremos a aceptar esta incertidumbre y aprender a tolerar que hay espacios de mi propia vida sobre los cuales no tengo control. Asimismo, reconocer aquello que sí puedo controlar y tener un enfoque práctico para hacerlo: ocuparme. Un ejemplo que grafica esto muy bien es que no podemos predecir el clima, pero sí salir con paraguas en invierno si estamos en una ciudad lluviosa.

¿Qué hacer?

  • Haz una lista de aquellas cosas que están en tu poder, espacios donde puedes influir, acciones concretas que puedas realizar en un plazo razonable: comer saludablemente, planificar cada día y no a largo plazo, usar la mascarilla.
  • Toma un momento para observar tu necesidad de certezas y desafía esa necesidad; identifica que esta es una parte de ti, pero no todo.
  • Reconoce esta realidad: la incertidumbre es la única certeza que tenemos, y la estabilidad es una ilusión; esta verdad fundamental más adelante podrías incluso disfrutarla.
  • Aborda tu ansiedad centrándote en el presente, en eso que llamamos “aquí y ahora”. Podrás darte cuenta de que la incertidumbre se relaciona con el futuro; si me centro en el momento presente esa incertidumbre se disuelve junto con la preocupación por el futuro. *Una clave para centrarse en el presente: enfócate en tu respiración y sensaciones corporales; el cuerpo siempre está en el presente.

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