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Episodio 1

Lo placentero resbala, lo riesgoso se adhiere

En tiempos de alerta, la mente tiende a llevar su atención a los riesgos, pero nosotros podemos dirigir nuestra atención hacia los eventos placenteros a través de una práctica diaria.

16 febrero del 2021  •  Lectura de 5 min.
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Si cruzando la calle de pronto nos damos cuenta de que hay un atardecer bellísimo, y nos detenemos a apreciar sus tonos fucsias y grises, salpicado con delicados brochazos de oro en las nubes, que deja entrever brillantes celestes que se van suavemente oscureciendo hacia el cénit, interrumpidos por el destello del lucero de la tarde, mientras sentimos la brisa fresca en el rostro, lo más probable es que nos atropellen.

Por eso no nos pasa porque nuestro sistema nervioso ha evolucionado para poner más atención a los riesgos que a los placeres. En un sentido es afortunado, puesto que funciona para garantizar nuestra supervivencia. En otro resulta triste, porque por atender los riesgos dejamos de apreciar lo bueno que nos regala la vida, aun cuando no estemos enfrentando riesgos reales. De hecho, nuestro sistema de amenaza califica como riesgos muchas experiencias que no lo son: una de cada diez experiencias que activan nuestro sistema de amenaza, son amenazas reales. Es, en otras palabras, un sistema muy exagerado, que privilegia la información respecto de riesgos que la de placeres, lo que se conoce como el “sesgo negativo”.

Esta preferencia por la información negativa también se transfiere a la memoria. Es más probable que guardemos en nuestra memoria eventos negativos que eventos placenteros, porque esta información nos ayuda a evitar riesgos futuros. Como dice Rick Hanson, psicólogo especializado en la neurociencia de la felicidad, nuestra mente es como velcro para las experiencias negativas, y como teflón para las positivas. Por esta cualidad adhesiva del dolor, al poner más atención y recordar más fácilmente eventos negativos, nuestra vida puede ponerse negativa sin darnos cuenta.

¿Qué hacer?

Afortunadamente, podemos entrenar a nuestro sistema nervioso para revertir esta situación. Dado que nuestra mente, particularmente en tiempos de alerta, tenderá a poner atención mayoritariamente a los riesgos, podemos hacer el esfuerzo de dirigir nuestra atención hacia los eventos placenteros.

Ejercicio: tres cosas buenas

El profesor Martin Seligman, distinguido investigador de la Universidad de Pensilvania, invitó a realizar este ejercicio a personas que estaban deprimidas. Después de 14 días, el 94% sintió gran alivio emocional, y la mayoría de los participantes pasó de tener una depresión severa a una depresión suave.

Pese a que vivimos situaciones y desafíos diferentes unos de otros, todos los días tenemos eventos placenteros, por muy pequeños que parezcan. Un café rico en la mañana, el saludo de algún amigo, el sol que entibia (o la sombra que alivia), o un pequeño logro. Para que estos eventos puedan transformarse en experiencias que quedan en nuestra memoria debemos “saborearlos”, no solo en el momento, sino también recrearlos.

Al final del día, identifica tres cosas buenas que te hayan pasado en el día. Trata de visualizarlas lo más vívidamente posible, y quédate saboreando esa sensación por al menos 30 segundos. De esta manera, estos eventos se transforman en experiencias que quedan en tu memoria. El efecto de este ejercicio se potencia si escribes acerca de la experiencia.

Describe la experiencia en detalle, luego cómo te hizo sentir esa experiencia, y cómo te hace sentir ahora que la recuerdas. Procura reflexionar qué hiciste tú para que esto sucediera (perspectiva de protagonista).

Repite este ejercicio todos los días, por al menos una semana.

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