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Episodio 3

Apagar el botón de pánico

No podemos dejar de pensar, pero podemos cambiar la manera en que nos relacionamos con nuestro pensamiento.

16 febrero del 2021  •  Lectura de 5 min.
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Si has visto reportajes de animales salvajes en África, podrás imaginar fácilmente la siguiente escena: una manada de gacelas pasta tranquilamente, iluminada por el sol de la tarde. De pronto, la cámara enfoca a una leona al acecho. La cámara alterna la imagen de la leona con la de una madre gacela con su cría. Rápidamente uno entiende lo que va a suceder.

La leona se lanza sobre la manada, las gacelas corren; la cría, más débil, tropieza. La leona atrapa su presa. Las gacelas, impotentes, corren por su vida. Cien metros más allá, las gacelas se detienen y miran hacia atrás; la leona camina con la cría en su hocico. Las gacelas vuelven a pastar; mueven sus orejas y la cola. La vida sigue.

Si una fiera robara y devorara a un bebé humano frente a sus padres, probablemente estos se pasarían el resto de su vida en psicoterapia, y aún así no sabemos si lo superarían. ¿Por qué una gacela puede pastar y mover su cola segundos después de haber perdido un hijo? Porque las gacelas no piensan.

En la lucha por la supervivencia los seres humanos hemos triunfado gracias a nuestra capacidad de anticipar y recordar. Podemos aprender de nuestra experiencia y, por lo tanto, anticipar riesgos. Eso nos permite planificar, tomar decisiones, cuidarnos mejor. Pero en general nuestro cerebro no distingue pensamientos de realidades. Cuando imaginamos un riesgo, o recordamos un evento donde tuvimos miedo, podemos volver a sentir las mismas emociones y traer de vuelta los mismos pensamientos, como si aquello estuviera pasando en este momento. El ejemplo más evidente son los sueños; en ellos nos alegramos o huimos de peligros espeluznantes, y despertamos del miedo. De la misma manera, nos podemos alegrar al recordar eventos bonitos de nuestras vidas, o volvernos muy ansiosos ante un riesgo imaginado.

Porque pensamos, anticipamos y recordamos es que nos cuesta más que a las gacelas apagar el botón de pánico. No podemos dejar de pensar, pero sí podemos cambiar la relación con lo que pensamos, porque existen razonamientos que nos hacen bien y otros que nos hacen sentir mal. El primer paso para tener libertad respecto de lo que pensamos es aprender a observar nuestros pensamientos, y esa es la práctica que te queremos compartir hoy.

¿Cómo se hace?

Siéntate cómodo pero alerta, o recuéstate en una cama o sillón.

Toma unos momentos para sentir el cuerpo como un todo, dejándote mecer por el movimiento de la respiración.

Puedes practicar la respiración consciente unas 20 veces (ver post sobre respiración). Por unos instantes, presta atención a la corriente del pensamiento. ¿Qué se te viene a la mente? En lugar de dejarte llevar por el contenido o la carga emocional de cada uno, reconócelos como eventos mentales, de la misma manera que las sensaciones de tu cuerpo son eventos mentales.

Observa cada uno de estos pensamientos fugaces como nubes, burbujas, remolinos y corrientes, más que como hechos. Simplemente deja que todos y cada uno de los pensamientos vayan y vengan; que los sonidos también vayan y vengan. De la misma manera, las sensaciones van y vienen. Sigue descansando en la conciencia del pensamiento mismo y los espacios entre los pensamientos.

Observa con qué facilidad los pensamientos fabrican puntos de vista, opiniones, ideas, creencias, planes, recuerdos e historias, y con qué facilidad proliferan. Si los alimentamos, un pensamiento llevará a otro, y a otro más, y de repente ya estaremos lejos. Habremos dejado de ser conscientes.

Vuelve cada vez a la respiración, para tener un punto de vista desde donde mirar tus pensamientos pasar.

Prosigue con este ejercicio por 5 minutos más.

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