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EPISODIO 2

El Covid y el mar

La cultura universal, y la peruana especialmente, están íntimamente ligadas al mar, desde los productos centrales de nuestra cocina hasta el surf y una gran lista de obras literarias y visuales. Por eso lo extrañamos tanto durante la pandemia.

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El título de este posteo hace alusión a la novela “El viejo y el mar”, obra cúlmine del Premio Nobel y Pulitzer norteamericano Ernest Hemingway. Publicado en 1951, este libro esencial ambientado en La Habana narra las aventuras y desventuras de un octogenario pescador y su enfrentamiento con un pez enorme en altamar. La historia esconde en realidad una serie de reflexiones sobre el ser humano y sus respuestas ante la adversidad y la muerte.

Suena familiar ¿cierto? La pandemia nos ha enfrentado a desafíos y reflexiones similares, y, como nunca antes en nuestra vida, las medidas para contenerla nos alejaron de un componente esencial de nuestra idiosincrasia: el mar. Nos resulta difícil asumir que nuestra cercanía con la naturaleza se haya restringido tanto, porque es clave en nuestra cultura y bienestar. Viene escrito en nuestro ADN. En el caso de Perú, y de Lima en particular, extrañamos más que nada poder estar en contacto con el mar, disfrutar los atardeceres y mojar los pies en el Pacífico.

Lima es un desierto húmedo y una de las privilegiadas capitales con el mar a sus pies, donde las personas tienen la posibilidad de recargar energías. De hecho, se estima que en la playa se llegan a concentrar casi dos mil iones negativos por metro cúbico. Estas son moléculas que según abundante literatura científica y de acuerdo al Departamento de Investigación Médica de Stahnsdorf (Potsdam, Alemania) mejoran nuestro humor, estimulan nuestro sistema inmune y evitan que caigamos en estados de ánimo depresivos.

Parece entonces que no era una exageración cuando se creó esa frase que dice que vivir cerca al mar es un lujo. Un lujo que afecta positivamente las temperaturas, los cultivos, el clima en general y la vida en el planeta, que ofrece abundante alimento y con una enorme influencia en la cultura de los países costeros.

Cuando Vargas Llosa descubrió el Pacífico

La historia y la cultura peruana están íntimamente ligadas al mar, desde los productos centrales de nuestra cocina –como el pescado con el que se elabora el cebiche–, hasta la popularidad del surf tanto en el norte como en Lima, con sus emblemáticos clubes de la Costa Verde, entre ellos el clásico Waikiki. El mar siempre ha bañado a quienes tienen el privilegio de vivir cerca de él, pero forma parte del imaginario colectivo de todos los peruanos, independiente de dónde vivan.

 “En 1945 Mario vargas Llosa vio por primera vez el mar. Según él mismo recuerda, era apenas ‘un mocoso de nueve años... y al parecer el descubrimiento del océano Pacífico me excitó más que a Balboa”, apunta el diario español El País. “Por la blanda arena que lame el mar / su pequeña huella no vuelve más / un sendero solo de pena y silencio llegó / hasta el agua profunda”, canta Eva Ayllón en su versión de Alfonsina y el Mar de Mercedes Soza.

El legado es profundo como el mar mismo, pero llegó el coronavirus y de manera intermitente nos privó de él. Como medida de seguridad frente al Covid-19, el gobierno peruano restringió el uso de las playas y de acuerdo a las normas actuales solo se puede ingresar para hacer deporte; está prohibido sentarse en la arena o bañarse de manera recreativa. Cientos de limeños buscaron la manera de acceder a la playa comprando aletas, ropa de deporte acuático o cargando tablas, pero aun así la experiencia no es la misma, pues hoy está resguardada por la policía. No es la misma sensación de paz y libertad de siempre.

Esto generó ansiedad en una buena parte de la población. El psicólogo Miguel Gatica confirma que el contacto con la naturaleza es tan fundamental para sobrellevar la sensación de encierro que el cierre de las playas en plena temporada de verano incrementó el nivel de estrés en muchas personas.

Alto Perú

Para Diego Villarán el cierre de las playas ha sido simplemente “fatal”. Diego es fundador de la organización Alto Perú, proyecto que tiene más de una década ayudando a niños del barrio con el mismo nombre en Chorrillos a encontrar en el deporte –especialmente el surf– una forma de canalizar su energía y alejarse de la inseguridad que los rodeaba.

“Nosotros íbamos con grupos de chicos de 20 años a enseñarles a correr tabla no solo para que hagan deporte, sino porque así generan empatía, comprenden la importancia de estar conectados con la naturaleza, la disciplina. Pero ahora, por más que somos un grupo que hace deporte, no nos dejan entrar porque parecemos una escuela. Así, los chicos se han quedado sin su actividad principal que es correr olas. Y muchos han dejado el proyecto por causa de esto”, agrega decepcionado.

La buena noticia es que han abierto un gimnasio en el barrio y así los chicos pueden entrenar, practicar deporte. Y si bien no pueden entrar al mar como antes, al menos disfrutan del lujo de poder verlo cuando quieran.

Diego resume así lo que esta pandemia nos está dejando: “El mar es mágico. Estamos en tiempos muy difíciles, pero si algo les enseñamos a los chicos es a ser positivos, a siempre buscar el lado bueno de las cosas. Juntos estamos aprendiendo a tener paciencia y fe. Las cosas, eventualmente van a mejorar y el mar siempre estará allí para nosotros”. Como “El viejo y el mar”, estamos aprendiendo de resiliencia, y dando una nueva mirada a la vida y a la muerte.

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