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Episodio 1

‘Respirar me devolvió a mi centro’

Adriana Garavito, periodista y profesora de Yoga

Me cuestioné en qué momento había dejado de lado todo lo aprendido estos años. Entonces, me senté en el piso de la sala, cerré los ojos y me conecté con mi respiración.

16 febrero del 2021  •  Lectura de 5 min.
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"Escribí una lista de todos los “lujos” que tuve, como el haber sido prácticamente asintomática, y valoré los lindos y no tan lindos eventos que sucedieron mientras estábamos encerradas."

Ese día, el cheesecake de oreo no tenía sabor. Y mientras lo guardaba de vuelta en la bolsa en la que llegó por delivery, sentí un tremendo pinchazo en la espalda. Luego me atacó un dolor de cabeza. En una intensa madrugada, la fiebre subía y Victoria, mi hija de once meses, despertó un par de veces para pedir que la cargara; la abracé junto a mí en la cama. No existe receta médica que exonere a una madre de su responsabilidad.

Días después comprobé lo evidente: era Covid-19 positivo. Llamé al papá de mi hija para darle la noticia, de quien me había separado unos meses (en gran parte producto del encierro inesperado). Me contó que él, su hermana y su mamá también se habían contagiado. Así, Victoria y yo arrancamos solas a contar los días de cuarentena en casa. Fue abrumador pero lo bueno es que los síntomas, a excepción de la pérdida del olfato, desaparecieron.

Aun así, no dejaba de sentirme presa, también peligrosa y culpable. ¿En qué momento me contagié?, ¿acaso pude ser más cuidadosa? Me lavaba las manos todo el tiempo, usaba mascarilla cada vez que salía de casa a comprar comida y pañales, y en el supermercado mantuve siempre la distancia, pero lo cierto es que uno no siempre puede tener el control.

Las mañanas eran sencillas: despertar, preparar el desayuno, jugar. Pero con el paso de las horas, el estrés se acentuaba. Una llamada, luego otra, armar cronogramas, más reuniones, y Victoria apretando el teclado cien veces; mientras exponía una propuesta, le daba de lactar; cuando prendía el micro se escuchaba bien fuerte “¡mamá!”, y cuando me pedían mi opinión, no podía responder al instante porque estaba ayudando a mi hija a hacer la siesta.

“Creo que Adriana se ha desconectado un ratito”, escuchaba a mi jefe. “Perdón, ya estoy de vuelta”, respondía yo, diez minutos después, con mucha vergüenza.

Terminaba los días exhausta y una noche, al ver los platos amontonados en el caño, comencé a llorar. “No. Así no”, me dije a mí misma. ¿Dónde habían ido a parar los profesorados de yoga y las herramientas de pranayama (respiración) que me enseñó mi maestro en India hace no más de cinco años? Me senté en el piso de la sala, cerré los ojos y me conecté con mi respiración. En instantes me sentí mucho mejor.

Cinco minutos podían ser suficientes para restaurarme, para calmarme y recordar todas las cosas por las que debía agradecer. La solución al exceso de estrés había estado en la punta de mi nariz y desde ese día, todos los siguientes me daba el tiempo de contar mentalmente hasta seis cuando inhalaba y lo mismo cuando exhalaba. Respirar me regresó a mi centro.

A partir de entonces, me permití tener video llamadas con mis amigas, ya que escucharlas hacía que me sintiera más libre. Escribí una lista de todos los “lujos” que tuve, como el haber sido prácticamente asintomática, y valoré los lindos y no tan lindos eventos que sucedieron mientras estábamos encerradas, como las dos muelas que le brotaron a Victoria.

Cuando llegó el día de dar por terminada la cuarentena, me sentí intocable. Supe que el miedo es el peor enemigo y que una mente tranquila es la mejor aliada para nuestro bienestar emocional.

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