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Diego González, músico

Episodio 1

'De esta crisis aprendí que, así como la música, la vida tiene su propio ritmo'

Cuando el músico Diego González pensó que las cosas no podían empeorar, contrajo COVID-19 y la ansiedad se volvió más fuerte que nunca. Conoce esta historia de aprendizaje en pandemia.

16 febrero del 2021  •  Lectura de 5 min.
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El 2020 prometía ser uno de mis mejores años de trabajo. Tenía la agenda llena: tocada tras tocada; evento tras evento, viajes programados con meses de anticipación, y mi empresa de alquiler de equipos de sonido, Music Time, estaba en su mejor momento.

En Perú no es fácil ser músico y más de una vez me costó creer que después de tantos años de esfuerzo las cosas finalmente estaban saliendo bien. A inicios del año había hecho planes para invertir en más equipos y así sacar adelante más proyectos musicales; vivir de la música nunca había sido tan fácil.

Hasta que empezó la pandemia. En marzo, cuando se anunció que estaríamos en cuarentena por dos semanas, no me preocupé demasiado. Pero pasaron las semanas, los meses, y todo se complicó, especialmente para el rubro artístico. No más conciertos, no más eventos, no más fiestas… Nada.

Fue un golpe durísimo, muy difícil de asimilar. Las deudas se acumularon y, para pagar algunas, comencé a dictar clases de guitarra en formato virtual. Por las noches despertaba cada dos o tres horas, ansioso, deprimido, sin saber qué hacer para sentirme mejor, pero sentía que nada a mi alrededor traía consigo buenas noticias. En la televisión se anunciaban más muertes y pánico, y, para colmo, en casa la relación con mis dos roomates –también artistas– iba mal.

Desde la terraza de mi casa contemplaba un colegio vacío, calles desiertas. Una ciudad golpeada. Y de pronto vino lo más duro: la música dejó de tener un efecto en mí. Me adormecí, y ya no había canción, nota o melodía que me hiciera vibrar como antes. Las deudas crecían, el conflicto en casa era insalvable y la desesperación por ser libre de vuelta, se me hacía incontenible.

Cuando pensé que las cosas no podían empeorar, di COVID-19 positivo y pasé una semana sintiéndome terrible. Subía escaleras y me cansaba; probaba tocar la guitarra y también me agitaba. No podía respirar bien, perdí el olfato y por momentos sentía que el dolor de cuerpo jamás iba a desaparecer. La enfermedad fue la cereza, y la ansiedad se volvió más fuerte que nunca. Me sentía muy solo.

Una mañana abrí los ojos y sentí una profunda intención de cambiar mi vida, y me pregunté cómo hacerlo. Entonces decidí recurrir a mis amigos más cercanos (a los que yo llamo “los de verdad”), a mi familia nuclear, y no sentí miedo de hablar. Ese fue el primer paso: decir en voz alta que quería ayuda. Creo que la contención de quienes amas es clave; ellos se dieron cuenta de mi estado y  me ayudaron a retomar hábitos saludables.

Paulatinamente comencé a comer mejor, a hacer un poco de ejercicio funcional y también yoga, práctica que hasta ahora logra que empiece mi día con el pie derecho. También limpié mi espacio.

Renové lo que pude de mi casa: saqué las alfombras viejas, boté al tacho decenas de papeles, boletas, apuntes; puse a un lado la ropa que no usaba y opté –por consejo de una amiga– por mantener mi cuarto lo más ordenado posible, empezando siempre por tender la cama. Me puse horarios de trabajo, y junto a mis dos roomates, tomamos la saludable decisión de separarnos.

Así, la música volvió a resonar en mí y con dos amigos lanzamos el primer disco de nuestra banda, Tgthr, que fue grabado, producido y mezclado en casa. Retomé la composición.

Dejé de contemplar las calles vacías y el miedo para apreciar los lujos que muchas veces subestimamos, como el soporte de los amigos y la familia, el techo donde vivir, la comida en el plato y, por supuesto, la salud. De más está decir que mi agenda aún no está llena como lo estuvo en algún momento, pero de esta crisis aprendí que lo mejor es ir con calma. Así como la música, la vida tiene su propio ritmo.

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