Texto alternativo de imagen

EPISODIO 4

Cada oveja con su rebaño

Ahora que estamos en proceso de vacunación, todos nos preguntamos qué tan lejos nos encontramos de alcanzar la inmunidad. Te contamos cómo funciona el efecto rebaño y qué podemos aprender de las experiencias e intentos en otros países.

TU BIENESTAR  •  Lectura de 7 min.
Compartir:
Texto alternativo de imagen

Las vacunas “adiestran” o preparan nuestras defensas naturales –que forman parte de nuestro sistema inmunitario– para que reconozcan y combatan virus y bacterias. Cuando nos vacunamos contra un virus como el Covid-19, el riesgo de infección se reduce, por lo que es menos probable que transmitamos el patógeno a otras personas. Por eso, mientras más integrantes de una comunidad se vacunen, menos miembros de ese círculo serán vulnerables a la infección.

Por otro lado, al reducir la circulación de un agente patógeno en un grupo, también se protege de la enfermedad a quienes no pueden recibir la vacuna por situaciones clínicas específicas como las alergias. 

La inmunidad colectiva, también llamada de grupo o de rebaño, se da cuando una gran proporción de la población —entre el 60% y 70% aproximadamente, según consenso científico— se vuelve inmune a una enfermedad ya sea a través de la vacunación, de la propagación masiva de la dolencia, o de una combinación de estos factores.

Las personas no vacunadas o que no hayan presentado la infección pero forman parte de una comunidad que logra el efecto rebaño, si bien no son inmunes tienen un menor riesgo de contraer la enfermedad en comparación con las personas que viven en grupos con baja inmunidad. 

En el caso del Covid-19, se desconoce aún la proporción de la población a la que se debe aplicar la vacuna para comenzar a observar la inmunidad colectiva. Determinar ese índice es un tema fundamental de investigación y las conclusiones van a depender de la comunidad, la vacuna que se haya utilizado y los grupos demográficos a los que se les haya administrado, entre otros factores.

Hay muchas infecciones prevenibles mediante la vacunación. Sin embargo, el enfoque de inmunidad colectiva solo funciona para las enfermedades que se propagan de persona a persona, como los coronavirus. Las bacterias que trasmiten el tétano, en cambio, se encuentran en el medio ambiente, por lo tanto los no vacunados no cuentan con protección aun cuando la mayoría de la comunidad sea inmune. El efecto rebaño no funciona con el tétano.

Intentos fallidos

A comienzos de la pandemia, cuando aún no existía vacuna, el gobierno británico liderado por Boris Johnson apostó por la estrategia de rebaño, dejando que la infección se extendiera entre la población de manera natural. Entonces, el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Ghebreyesus, respondió afirmando que “en la historia de la salud pública jamás se ha usado la inmunidad de rebaño como fórmula para combatir un brote, tampoco una pandemia”.

Algo parecido intentó el gobierno sueco, que evitó las restricciones de desplazamiento e incluso el uso de mascarillas. Estas estrategias demostraron estar equivocadas y ambos intentos se rectificaron tras la propagación de la infección, y el aumento exponencial de fallecidos por Covid-19.

Tras estas experiencias frustradas, planes de inoculación en marcha y cuatro olas de coronavirus en Europa, la inmunidad de rebaño se ve más cerca pero todavía lejana. La clave para que resulte es que el virus carezca de posibilidades de seguir pasando de un huésped a otro. Esto solo es posible si está rodeado de personas vacunadas o inmunizadas (con anticuerpos). Sin embargo, las vacunas disponibles, a pesar de su alta efectividad contra los síntomas, no evitan la infección en un 100%, por eso se está estudiando cómo se comportan en el mundo real, es decir fuera de los experimentos en laboratorios. Hasta ahora los resultados son promisorios.

Esfuerzo global

Enfrascados en planes nacionales de vacunación, tendemos a olvidar la esencia global de la pandemia. El epidemiólogo Matt Ferrari, del Centro de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Pennsylvania, apunta a que la destrucción del virus, de modo teórico, sólo sería posible con un plan a nivel mundial.

Pero los estados, preocupados por inmunizar y proteger a sus poblaciones, están muy lejos de plantear una estrategia más allá de sus fronteras. Así, mientras Israel tiene a más de la mitad de su población vacunada, sus vecinas Líbano, Egipto o Siria no alcanzan el 1% de sus habitantes, y eso impone una amenaza latente para toda esa región.

Ni siquiera existe un ritmo homogéneo dentro de los países. En Estados Unidos, sitios como Georgia o Utah han vacunado a menos del 10% de sus habitantes, y otros como Nuevo México o Alaska, superan el 20%. Este factor es relevante. Salvo los territorios que constituyen islas, y sólo cuando se trata de países completos que pueden cerrarse al exterior, como Nueva Zelanda, la mayoría de las naciones conviven en confluencia con otros territorios. La economía globalizada y de interacción internacional obliga a considerar que los países colindantes tengan un ritmo de vacunación parecido si no quieren acabar perjudicándose con brotes a un lado y a otro. 

La escasez de vacunas provoca también la segmentación por grupos preferentes de edad, siendo los mayores, debido a su vulnerabilidad, los primeros en recibir los antídotos. Pero todavía no se han desarrollado vacunas para menores de 18 años, pese a que algunos laboratorios están realizando ensayos en los grupos más jóvenes. 

Luego está el desafío de las variantes, como la cepa de Reino Unido, más contagiosa y agresiva; la sudafricana, la brasileña, la de California, la de Nueva York, etc.  Entre mayo y octubre del año pasado, la caída en picada de los contagios en Manaos, Brasil, fue atribuida al logro de una inmunidad de rebaño. Investigaciones de la Universidad de São Paulo citadas en la revista Science revelaron que el 60% de su población había padecido Covid-19 en la primera ola, sin embargo, a partir de enero de 2021 este territorio ha vuelto a experimentar un repunte de contagios por la nueva variante del coronavirus, lo que prueba que la inmunidad lograda no ha sido suficiente para frenar la nueva cepa. 

Meses de protección

Basados en estudios con los infectados de la primera ola y la experiencia con coronavirus respiratorios anteriores, se deduce que los anticuerpos que protegen contra el Covid-19 duran unos meses y que difieren según cada persona. Entonces, la lentitud en la vacunación juega en contra; podría suceder que cuando el 80% de la población la haya recibido, los primeros en ser inoculados hayan perdido el efecto inmune por los meses transcurridos. Y sería necesaria una nueva inoculación, aunque tal vez para entonces ya exista un sistema de abastecimiento y distribución de vacunas con mejor logística.

De otro lado, se estima que los vacunados tienden a relajar su comportamiento, por eso los científicos enfatizan que ninguna vacuna garantiza el 100% de efectividad. Aunque hayas recibido tu segunda dosis, debes seguir lavando tus manos regularmente con jabón, usar mascarillas en lugares públicos, mantener 1.5 a 2 metros de distancia con otras personas y evitar las reuniones masivas, en especial en lugares cerrados.

Aún necesitamos más tiempo para entender bien cómo funciona el efecto rebaño en el caso del Covid-19, pero se estima que la dinámica podría ser similar a la de la gripe, que se ha mantenido a raya por la existencia de tres factores combinados: un porcentaje de vacunados, un porcentaje de personas con anticuerpos tras haberla pasado en años anteriores, y medidas de prevención de contagios en la mayor parte de la población.

 

¿Sabías lo fácil que es visitar a tu doctor?

Hazlo posible con el seguro ideal

Asegura tu salud y tu familia

¡me interesa!
ver